domingo, 5 de junio de 2011

Discursito de Presentación de La Máquina de Aqueronte...

     De chico quería ser veterinario, pero ese deseo  era en parte piedad, en parte, digamos,  ¿boludez?, osea, pura inocencia de un aprendiz de ser humano.
Después soñé con ser militar para defender a una patria cuya historia  aprendí en esa entrañable escuela hedionda a estuco eterno de Santa Rosa del Sara. Una escuela rural  en donde se me decía que esta pobre patria hija de puta había sido tan mancillada y violada desde adentro y desde afuera que nos tenía que dar vergüenza el ser hijos de esa violación, el ser parte de esas mutilaciones. Y entonces no quedaba otra opción que sentirse tan humillado, que el amor propio debía quedar de rodillas. O sea, solo sintiéndonos menos que el resto del mundo, podíamos ser considerados bolivianos de pleno derecho. Yo no me lo creí.
No me importaron ni las derrotas militares tan exaltadas por la educación oficial, ni las derrotas en el fútbol tan cosa tangible que eran y son un poco el resultado de esa castración que sufre el ego del boliviano cuando ve esos malditos mapas mutilados y se queda sin saber que en la historia de verdad, no somos tan inservibles como el sistema de todos los tiempos nos quiso hacer creer. No me creí el discursito del pobrecito derrotado. No me lo creo.
Pero eso, la idea de ser militar,  fue una calamidad a la que no sucumbí para el bien de algunos que a lo mejor me caerían gordos en el transcurso de mi vida. No entré al colegio militar  gracias a mi pie plano, a alguna dificultad cardiaca que aún hoy desconozco su nombre, a la pobreza familiar y al miedo de mi madre de que en mi inutilidad para el trabajo físico termine yo en alguna zanja de cuartel como tantos otros a lo largo del tiempo.
-Apelaré diciendo que sos mi único hijo… Me dijo…
-No hará falta si no hay la plata para pagar el ingreso…le dije…
Pero aún aquello pequeña victoria suya no frenó eso que se la iba comiendo por dentro todos los pocos días que le quedaban de vida.
Y como no fui veterinario ni militar, después ya no supe qué era lo que quería ser. Y mientras pensaba en lo que sería de mí en mi futuro, me iba hundiendo en novelas soviéticas que mi padrastro comunista llevaba y llevaba a casa en Santa Rosa, no tanto para que yo las leyera,  como para impresionar con ellas a sus camaradas campesinos y analfabetos con los que cada noche se sentaban bajo los mangos del hogar a emborracharse con alcohol con agua. Ahí daban encendidos discursos en los que se planteaban las tesis fundamentales para solucionar los problemas del mundo tan mierda en el que vivían según decían, que decía el periódico del partido comunista boliviano y alguna que otra radio de mierda que llegaba hasta sus aparatitos a pilas allá, en lo más hondo de sus chacos... Y al día siguiente, cuando me levantaba para ir a la escuela, los salvadores del mundo dormían la borrachera acurrucados sobre la arena del patio, abrazados a algún perro, soportando a las gallinas que picoteaban algo que se les movía entre sus canas.
Y de las novelas soviéticas y de las ambientadas en una Segunda Guerra Mundial (cuya batalla de tanques de Kursk aún resuena en mis oídos), pasé al descubrimiento de lo latinoamericano. La primera vez que robé algo, fue un libro, de autor que no conocía. No sé por qué lo hice. Sólo leí el título de la obra: Cien Años de Soledad… Y supe que debía tomarlo. Es un crimen que  ya confesé a quien corresponde (el dueño del libro). Descubrí aquello  (la magia de la palabra en español) mientras operaba maquinaria en una industria que fabrica cuadernos en esta ciudad.
 Después la infame muerte de mamá y la noticia increíble de la venida de mi hija, hicieron que me lance de cabeza a los medios escritos usando para ello como base mis lecturas anteriores, y ahí, día a día entrené las manos y la mente para conseguir ese objetivo final que era tratar de montar con relativo éxito el difícil potro de la literatura.
Éste es apenas el principio de ese sueño buscado, un sueño regado con mucha disciplina y trabajo, un sueño que se hace realidad, una realidad de la que ustedes son nuestro primer paso.

domingo, 15 de mayo de 2011

LA MÁQUINA DE AQUERONTE/ CONTRATAPA





Todos estábamos hartos de la violencia, pero así era aquí; la violencia humana se replicaba a sí misma como si fuera una colonia de cucarachas dispuestas a abrazarlo todo.


Para desagraviar las humillaciones que la familia Drake durante años ha ejercido sobre su madre, su hermano y él mismo, Aqueronte el sabio construye su Máquina de la Venganza. Justo antes de hacerla funcionar entiende que debe dar marcha atrás, pero ya es muy tarde. La historia sangrienta de Sabayón y la tragedia de los Drake empiezan a reescribirse para volver a experimentar el sufrimiento y el pavor. La fundación de Sabayón por parte de Antanas, el primero del linaje, y su gobierno con mano dura; las luchas por mantener el poder de Bayard, su hijo; y la solitaria imagen de Belle Alexandra, la última Drake, cobran vida en esta novela que nos arrastra a su torbellino y que en su ficción nos interpela.


Bolivia y Santa Cruz son y no son Sabayón. Presente, pasado y futuro en ambiguo perfil. La historia se desarrolla en su propio territorio, pero los hechos y personajes se mueven sin desparpajo por cronologías y geografías universales y oníricas. La irreverencia junta hitos que pueden existir ajenos o que suelen estar conexos.  Picuiba y Burdett O'Connor, Nanawa y Otto Felipe Braun, confederados de la Guerra de Secesión con piratas y nobles de los estruendos de la colonia.


Aquí la palabra se hace imagen; la novela, comic; la narrativa, cine... Los mitos del pasado se reavivan con características del presente y la cópula fructífera de lo muerto y de lo vivo permite deambular por universos de infinitas posibilidades, como el retroceso de la historia y los espectros que penetran en el mundo cotidiano de Sabayón.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

domingo, 8 de mayo de 2011

ROMANCE SALVAJE ENTRE HEMINGWAY Y LA HABANA

Darwin Pinto

Los hombres que más lo quisieron nunca lo leyeron. Jamás se enteraron de que él era un escritor famoso, un Nobel, un Pulitzer, un sobreviviente de dos guerras mundiales y la contienda civil de España, un escapista de toreos contra minotauros asesinos y boxeadores de piedra que querían partirle la cara.
No lo supieron nunca porque eran habaneros pescadores y analfabetos sencillos, y él los quiso tanto en su simpleza de cama recién tendida que cierta vez en que una cervecería lo invitó a su planta, él aceptó ir bajo la condición de que todos sus amigos pescadores tuvieran la cerveza gratis que les diera la gana.
Para sus hermanos pescadores (argonautas que lo siguieron al fin del mundo en las corrientes del Golfo, buscando el vellocino de oro entre los territorios marítimos de aztecas, mayas, apaches y taínos), él nunca dejó de estar vivo en cada subir y bajar de las mareas todos los días del resto de sus vidas, y en ese convencimiento de invulnerabilidad de marinero experto, no aceptaron nunca la noticia imposible de su muerte, llegada a sus tiendas de pescadores el mismo día en que el huracán posó su solitario pie de árbol del apocalipsis sobre los palacios virreinales de La Habana eterna.
Para ellos fueron mentiras los balazos que le reventaron la cabeza ese amanecer de domingo en su casa de Idaho, tiros que retumbaron en las cuatro esquinas de la rosa de los vientos con explosión de pájaros en los árboles y crujidos de huesos en la habitación, con estrépitos de cimientos colapsados, como si el eje del planeta se desmadrara en el abismo negro que se abre entre las manos de la muerte que aquella mañana descendió sobre Ketchum, decidida esta vez a no dejarse burlar por él, que tantas veces la había desafiado mirándola a los ojos.

La detonación doble se expandió en todas direcciones como las ondas del agua tras una pedrada en un desbande de ruidos cargados de la mala nueva, huyendo del hombre que caía ensangrentado lentamente sobre un inmaculado piso de pinos.

Y el eco del final (Hemingway se voló la madre, le dijo por teléfono Álvaro Mutis a García Márquez, ahí cerquita nomás, en México), tronó infinito, como lamentos de émbolos despedazados, de engranajes pulverizados, de pernos descarrilados en su caída definitiva de titán vencido que sostenía en sus brazos a toda una generación de entreguerras, envuelto en el ruido (murmullo de sus palabras que se evaporaban como neblina de leche desde su cerebro a la intemperie), en un ruido de cataclismos como si los pilares del planeta se desquiciaran por un maremoto sideral conmoviendo desde sus cimientos a las cumbres nevadas del Kilimanjaro y a todas las verdes colinas de África; poniendo su signo definitivo a las muertes en la tarde sobre la arena de las plazas de toros españolas; apagando con un click imaginario las carteleras coloridas de las fiestas de París en el centelleo alucinante de sus cabarets; acallando la inmensa interrogante del mar en las corrientes del Golfo, y poniend! o una tristeza de madres de soldados al recuerdo de los adioses a las armas de las guerras de Italia contra Austria, del desembarco de Normandía y en la Madrid asediada por los moros franquistas, infantes italianos y aviones alemanes.

Ese domingo el planeta se estremeció hasta la médula con el fogonazo de los dos cartuchos escupidos por su escopeta Boss, británica, de dos cañones para derribar elefantes.

Pero la costra de su muerte, la onda expansiva de los proyectiles penetrando sus huesos, su cerebro, su dolor, no lo alcanzaron en su entrañable Cuba, no le tocaron un pelo en la memoria de sus hermanos pecadores, en su casa de finca Vigía, ni en su habitación 511 del hotel Ambos Mundos; ni lo movieron un ápice sentado con su mojito cubano de la Bodeguita del Medio, ni lo importunaron mientras seguía bebiendo su daikirí en La Floridita, en el ámbito alucinante de La Habana vieja, donde envejecieron juntos su viejo y su mar, y donde el eco de esas balas en Estados Unidos se esfumaron bajo el influjo hechicero de las maracas, los timbales y las caderas de mujeres, únicas en el mundo para romper corazones irrompibles como el que llevaba él prendido en el pecho.
Gringo bonachón con cara de Papá Noel escandinavo y envergadura de oso polar, Ernest Hemingway sigue caminando por las calles empedradas de La Habana, puro en la boca y mirada de muchos amigos, reviviendo en cada esquina en la memoria de los cubanos, que recuerdan aquella vez en que le dijo a un Fidel Castro aún oliente a pólvora y a las humedades de la Sierra Maestra: "Aquí sí ganaron los republicanos", según cuenta Guillermo Cabrera, director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí en el camino hacia la legendaria finca Vigía, donde Hemingway parió a "El viejo y el mar", escribió de pie frente a su máquina Royal sobre un ejemplar de "Who is Who in América".
Allí donde crió a sus adorados gatos (no queda ninguno; sí, la tumba de sus cuatro perros, con lápida y sentimientos incluidas), armó una biblioteca en el baño y practicó durante años (algunos dicen que lo sigue haciendo), eso de medirse la estatura, apoyándose en la pared del baño y marcándola con un bolígrafo, agregando con el paso del tiempo otros detalles en las paredes de finca Vigía (nunca usó libreta telefónica, todo lo escribía en las paredes), que ahora los expertos cubanos tratan de descubrir para sumarlo a sus 3.000 páginas de manuscritos y a las cartas halladas en el interior de sus libros (declaradas patrimonio nacional).

Hemingway decía que era el único cubano sato (cubano por elección, (de puro pueblo), no por nacimiento ni por bendiciones notariales) que había ganado el Nobel, y tan ciertas eran sus palabras que la medalla del premio se la dejó a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba que, en la mitología afrocubana se llama Oshún, y es el Eros y Cupido de los griegos y romanos.

Regaló su medalla a esa virgen que hace tiempo se le apareció flotando vestida de sargazos a Juan Odio, Juan Indio y Juan Esclavo, pescadores creyentes que nunca aceptaron que ese trozo de madera hallado a la deriva en el caldo salado del Caribe pudiera ser el mascarón de un barco hundido por uno de sus endémicos huracanes.

Hemingway vive en cada rincón de la Habana Vieja, en el mismo ámbito gaseoso donde los elementos carcomen con sus dientes la imperturbabilidad de los palacios virreinales, ahora pintados por el moho y la ropa puesta a secar sobre los balcones que antes sostuvieron a las casamenteras hijas de extremeños ebrios de aventura y a los ricos recientes de este lado del mundo.

Hemingway está sentado aún con pose de veterano de la vida y de otras tantas guerras perdidas, mano en la cintura y expresión de abuelo rebelde y divertido en disposición de escuchar a quien quiera referirle una aventura, mientras espera la pausa para secarse de un sorbo el daiquirí de estaño que lo espera desde hace tanto en el Floridita.

En la Bodeguita del Medio (con sus fotografías pegadas en la pared entre ellas la memorable imagen junto a un Fidel Castro estrenando sus atributos de líder de la historia en 1959), adonde el gringo iba a tomar su mojito cubano, ahora hacen de ese trago una suerte de ritual, de hostia líquida, un símbolo de vino de la última cena literaria para quienes caen hipnotizados ante la combinación explosiva, sellada con hierros de desafío entre
Hemingway y La Habana.
En el hotel Ambos Mundos, una placa metálica conmemora su presencia como si fuera la heroica herida de una guerra contra el tiempo. Allí se lee: "Aquí vivió el novelista Ernest Hemingway entre 1933 y 1939"; y en la costa habanera se abre la Marina Hemingway, un atracadero maravilloso donde reminiscencias oceánicas de las corrientes del golfo aún llegan a buscarlo para ir de pesca.
El mar, visto desde las cumbres de finca Vigía, sigue siendo de Hemingway. Allí el gran oso polar estadounidense perseguía a los peces míticos a bordo de El Pilar, el barco donde se desarrolla la trama tenaz de "El viejo y el mar" y que ahora está en finca Vigía, antigua fortaleza militar desde donde se ve una Habana insignificante, minimizada por la inmensidad dormida de ese animal fabuloso llamado el Caribe. Velando su memoria desde hace 25 años, Gladys Rodríguez preside la cátedra de Periodismo Ernest Hemingway, en el Instituto José Martí, que lleva el tren de finca Vigía con mano maestra desde hace 17 años.

*Periodista boliviano. Mención en el Concurso Latinoamericano de

Periodismo José Martí 2005.

viernes, 11 de marzo de 2011

ESCRITO DE CONTRATAPA DE EL TRATADO SOBRE LA GANGRENA, A PUBLICARSE ESTE JUNIO

  


Hay que ser cuidadosos cuando se habla de la obra de Darwin Pinto Cascán. El por qué, se responde en la presencia de un fenómeno inusual en la literatura boliviana, tal vez el más contemporáneo de la obra conocida de los autores locales. Una obra, además, no en ciernes, sino en proceso de maduración hacia algo que puede tener grandes -y largos- alcances.



El Tratado sobre la Gangrena, Sabayoneses y la esperada continuación de esta saga, tienen rasgos que la enlazan con García Márquez, con Faulkner, con Bierce, quizá con Lovecraft y otros, sin deberles su autenticidad y sus propios movimientos y destinos. Hablamos de herencia, pero no de influencia; de rasgos comunes, pero no de imitación; de temáticas que se conjuncionan y se exceden en Darwin Pinto, cuyo rango fluctúa entre lo mágico y lo histórico, entre lo oscuro y lo luminoso, con atisbos de novela negra, de comic, de esa afición de la última década de reavivar mitos del pasado con características del presente, cópula fructífera de lo muerto y de lo vivo que permite deambular por universos de infinitas posibilidades: el retroceso de la historia, las lágrimas derramadas que retornan a los ojos de las lloronas, los espectros que penetran concretos en lo cotidiano de Sabayón, tierra levantada por los Drake, construida y destruida por ellos, efímera y eterna, como ellos mismos.



Bolivia y Santa Cruz son y no son: son Sabayón y no, Santa Rosa y no. Presente y pasado, y futuro en ambiguo perfil. La historia se desarrolla en su propio territorio, pero los hechos y personajes trashuman sin desparpajo por cronologías y geografías universales y oníricas. La irreverencia junta hitos que pueden existir ajenos o que suelen estar conexos. Picuiba y Burdett O'Connor, Nanawa y Otto Felipe Brown, confederados de la Guerra de Secesión con piratas y nobles de los estruendos de la colonia.



Libro de puro entretenimiento pero sin liviandad, donde la palabra se hace imagen; la novela, comic; la narrativa, cine... todo sin desbocarse de los márgenes imaginarios de un libro impreso, que es a su vez, reducida jaula que dista mucho de atrapar la abundancia que escapa de esta magnífica prosa novelística y de tremendos convidados.





claudio ferrufino-coqueugniot


Premio Casa de las Américas 2010


Aurora-Colorado, 9 de marzo 2011

domingo, 23 de enero de 2011

Wolfango Montes: Sabayoneses...

Perspicaz periodista y novelista de opulenta imaginación, Darwin Pinto nos trae en su segunda obra de ficción la saga de la familia Drake. No es una novela para mojigatos y sensibleros. Para recorrer sus páginas debemos soportar el espectáculo de la violencia, del machismo sin frenos, del sexo energúmeno. Pero su lectura no es gratuita, nos lleva a las entrañas del poder y del comportamiento de los poderosos. El personaje central es el coronel Drake, un hombre de apetitos colosales y de voluntad titánica. Alcides Arguedas lo describiría como un caudillo bárbaro. En conversaciones con un fantasma recuerda la historia de su vida, que es la crónica de su nación, que es la leyenda de tantos caudillos barbaros que dominaron nuestra patria. Llega a las librerías en un momento en que necesitamos reflexionar sobre nuestro pasado, sobre todo porque se imbrica en el presente y se adhiere a nuestra piel como una sarna, de la que no podemos librarnos. La violencia, la concupiscencia, el alarde y la locura se repiten en Sabayoneses como si se tratara de un Eterno Retorno de la insensatez universal. Nos prende la respiración con su tonalidad airada, y cuando la historia parece haberse acabado, aparece el último vástago de la familia Drake, gordo y diferente de sus hermanos; no nos engañemos, entramos ya en la era capitalista, los caudillos bárbaros ahora se disfrazan de ciudadanos comunes.

Wolfango Montes

Sabayoneses, El Esperpento Mágico...

“Sabayoneses”, el esperpento mágico de Darwin Pinto (reseña sobre la novela publicada por La Hoguera)
de Ricardo Bajo, el miércoles, 19 de enero de 2011 a las 21:11

Ricardo Bajo H. (columna Bajo Bandera, suplemento cultural dominical La Esquina, periódico Cambio, 23-1-11).-Un perro, Firu. Un viejo, Bayard Drake. Un país, “una patria hijadeputa”, Sabayón, a orillas de un río, Maratay, en el corazón del continente. Una casa –monstruo maldito- y un fantasma. Una mujer bella deshonrada y una traición infiel. Es “Sabayoneses” (editorial La Hoguera, 2010), la novela del periodista y escritor cruceño Darwin Pinto Cascán, muchos años en El Deber, ahora laburando en la revista “Poder y placer”.



La obra viene a graficar –entre otras cosas- la heterogeneidad y diversidad de la joven narrativa boliviana, inclasificable, irresistible a esa manía nuestra de los periodistas de etiquetarlo todo (para bien y para mal). Darwin Pinto se suma así al grupo de los “Tico” Hasbún, de los “Maxi” Barrientos, de los “Piñas” Piñeiro, de los Wilmer Urrelo…con fuerza y originalidad vía una novela de esperpento mágico, un terreno desconocido entre las letras más impetuosas de nuestra Bolivia escritora.



Bajo la sombra alargada de uno de sus ídolos (al cual entrevistó antes de su muerte en 2005, el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos y su legendario retrato del dictador por excelencia, “Yo, el Supremo”), Pinto consigue enganchar con una radiografía esperpéntica –al estilo de aquel viejo gallego llamado Valle Inclán- de un personaje autodestructivo, Bayard Drake y sus hijos, queriendo sentar paralelismos monstruosos y mágicos con la propia Bolivia. Sabayón es la patria misma, convertida por la pesadilla de la pluma de Pinto en una república monárquica constitucional , que antes de la llegada del caudillo fundador, es simplemente “un monte inhóspito atravesado por bandas de cazadores de hombres e indios que se negaba a someterse al cañón de la esclavitud y a la Biblia de la conquista”.



El estilo de Darwin Pinto nos trae un alarde de imaginación, una capacidad de narrar a la vieja usanza, con el tono grandielocuente de quien cuenta hazañas gloriosas y sueños malparidos, con ínfulas de novela con mayúsculas. Eso de andar contando cotidianeidades onanistas, “modernas”, vulgares y mundanas es para otros y otras. Se agradece, por tanto, un especial cuidado y atención por el lenguaje, por la descripción jugosa, por el arte de narrar.



El mundo de Pinto está poblado por batallas de antes, por guerras inventadas, lejanas, cercanas, lloradas, por sangre derramada, por demasiadas muertes sin causa, por violencia irracional, por venganzas y fantasmas. Sabayoneses” tiene a un malo malote, dictador moribundo y fracasado en un país enterrado y sin futuro donde también vive un fantasma, una mujer hermosa, Belle Almanegra, que se pasea desnuda por la gran casa (la metáfora de la patria, una vez más) en las noches oscuras como el presente y el futuro. El pesimismo existencial –marca de muchas letras jóvenes de nuestra literatura- se traslada acá a una visión bestial de autodestrucción, de autoritarismo salvaje, de barbarie sin esperanza, tan solo depositada apenas en el hijo olvidado, diferente, exiliado. Mujer (fantasma) y juventud (marginada) como depositarias de un renacer ni squiera imaginado. Que ni el viejo perro Firu alcanzar a olfatear.

domingo, 6 de junio de 2010

OPINIÓN DE GIOVANNA RIVERO SOBRE SABAYONESES...


No sé si “masculino” sea un adjetivo válido para referirse al tono o temperamento de una narrativa, pero en todo caso es lo primero que pienso cuando me enfrento y entrego a la prosa de Darwin Pinto. Pero, ya que estamos, ¿qué es, pues, un “tono masculino”; en qué consiste? En primera instancia, en una trama que prioriza la genealogía patriarcal y que, en ese sentido, podríamos llamar clásica, de larga tradición; he ahí el realismo mágico. También podríamos descubrir una preocupación temática particular: la venganza, la herencia, el honor, esos macrovalores que en las sociedades latinoamericanas han corrido de forma paralela a las grandes identidades (nación, familia, etc.). Por último, fácilmente podríamos pensar en la guerra como el escenario perfecto para que el hombre alcance la ansiada trascendencia, a través del sacrificio y la gloria personal y colectiva. Si bien todo eso está presente en Sabayoneses, tengo la impresión de que el “tono masculino” de esta novela responde a una indagación sobre los modos en que un héroe de pueblo se construye, muchas veces a pesar de sí mismo, desgarrándose entre esas dos fuerzas paradigmáticas: el amor y el deber. De esa tensión resulta el “doble”(no precisamente un alter ego, sino un under ego), escisión que Darwin Pinto usa para reformular o actualizar el viejo realismo mágico que planteaba al sujeto varón como una unidad monotemática y pocas veces debilitada en su interior. Sabayoneses, en cambio, nos entrega personajes varones dañados por esa autoimpostura que a veces puede significar el “ser machos” y, de fondo, quizás reconozcamos una crítica a la herencia de discursos heréticos y una apuesta a la libertad y decisión de ser individuos únicos e interrumpir la genealogía, aunque ello implique el propio quiebre de la personalidad.

sábado, 29 de mayo de 2010

SABAYONESES (DONDE SE HABLA DE DEL PAIS SIN UN DRAKE QUE LO MANDE)

     El odio de Oliden contra Bayard El Viejo fue tal, que por decreto prohibió pronunciar el nombre de este en cualquier punto del territorio so pena de cárcel primero y fusilamiento en caso de reincidencia. Como señal de mayor impotencia, Oliden cambió los símbolos patrios que recordaban a los Drake y los sustituyó por una nueva bandera y un escudo nacional que diseñó él mismo. Hizo borrar de la historia oficial la existencia de Bayard El Viejo, escribió la letra del nuevo himno nacional y ordenó casi fuera de sí que tumbasen las estatuas del coronel y que levantasen bustos suyos en todas las plaza públicas del país. Todo el planeta tenía que saber que Él, el Primer Ministro de Sabayón, era la viva encarnación del verdadero Hombre Nuevo en ese país que había vivido en el oscurantismo medieval durante tantos años.
Esbirros enviados por Oliden marcharon por toda la nación sembrando rumores sobre el Viejo Bayard, acusándolo de cuanto incendio, peste, sequía o inundación hubiera quedado aún en la memoria de nuestros habitantes.
Pero si en las zonas rurales aplacaron a tiros a los alzamientos campesinos a favor del coronel, los ordenanzas de la casa no tuvieron quién los detenga a la hora de saquearla. Era el símbolo, debía caer.

viernes, 28 de mayo de 2010

SABAYONESES (DONDE SE HABLA DE CÓMO ACABAR CON TRAIDORES)


   Una tarde su padre lo encontró solitario en los corredores desiertos de la casa. Lo halló vestido de marinerito, alimentando a los quetzales que eran otro de los consuelos extravagantes a los que echaba mano Alexa en sus horas de soledad. El coronel lo fulminó con la mirada feroz de sus antepasados y en una explosión de ira lo arrastró a la calle dispuesto a darle su primera lección de gobernante diciéndole a gritos:
            —En vez de alimentar pajaritos, yo te voy a enseñar a matar traidores.
Y el niño destinado a sucederlo en el poder —porque Antanas II no se iba a domesticar jamás y porque el pequeño Bayard era un caso perdido— con más miedo que voluntad contestó:
            —Bueno, papá Bayard.

Y sin decir más subieron a la carroza presidencial que los llevó al Teatro Nacional donde el gran poeta Ricardo Jaimes Freyre declamaba, arrasado por la pasión, sus versos de fuego:
            —Y la rosa temblorosa se desprendió del tallo...
Y a los quince minutos de estar en la función, su padre Bayard con uniforme de Libertador del Mundo ya dormitaba boquiabierto y babeante con las manos entrelazadas sobre el regazo.
            —Y la arrastró la brisa sobre las aguas turbias del pantano...

Declamaba el gran poeta boliviano y el niño miraba nervioso al Ministro de la Guerra que sonreía inocente, afilándose la punta del mostacho polaco, sentado en la butaca del centro, entre su esposa y su hija Odorica.
            —Margarita de Anjou —susurró el pequeño Dionisio sin saber por qué.
            —Y una onda fugitiva le abrió su seno amargo…
Y el padre dictador movía un extremo del bigote roncando a pierna suelta y el teatro entero simulaba que no pasaba nada. Después, esa pesada calma desaparecía con los aplausos de algarabía al gran Freyre.
            —Y estrechando a la rosa temblorosa la deshizo en sus brazos...
El dictador se despierta, se despereza, da una señal con la mano y un tiro sale desde alguna parte del teatro espantando a los pájaros enjaulados en las esquinas del escenario. Se arma un bullicio de damas histéricas apenas controladas por sus maridos aristócratas que dicen:
            —Calma, calma, algo debió hacer ese para merecer este fin.
Lo dicen de dientes para afuera procurando que los espías del Estado infiltrados en la multitud no detecten ningún comentario contrario a la patria, para no ser detenidos mañana y enviados a los campos de concentración de donde no vuelve nadie porque con los Drake no se juega carajo.

El balazo de Ernesto Santos le revienta la cara a ese pendejo traidor y «vendepatria» del Ministro de la Guerra que había pactado raros acuerdos lesivos a la nación a favor de esos tipos del Paraguay...

            —Y… y… y… —Jaimes Freyre aterrado, no supo qué hacer y alguien le dijo desde un lado del escenario, haciendo gestos afectados, que mejor acabe el poema de una puta vez.
            —…y flotaron sus pétalos como miembros mutilados y confundidos con el lodo negro, negras aún más que el lodo se tornaron…

—Con la novedad mi coronel de que el Ministro de Guerra ha sido declarado legalmente muerto por el doctor Lacómano Roldán.
El estafeta le extendió a Bayard el certificado de defunción aún oloroso a tinta fresca firmado por puño y letra del médico. Entonces el coronel orgulloso observó al pequeño Dionisio que no dejaba de mirar a la niña que lloraba sobre el vientre de su padre muerto:

—Margarita de Anjou.

Y Bayard todopoderoso le dijo:
            —Así es como se gobierna; teniendo prueba escrita de que tu voluntad está hecha. Por este íbamos a perder la guerra contra el Paraguay. Ahora ellos tienen un soplón menos y nosotros ya sabemos que nos espían y alborotan a los peones y fabriles de acá para desestabilizarnos. Hemos parado ese lío por unos cuantos años.

Luego el coronel se volteó hacia su estafeta y le ordenó que le metan un tiro a la viuda y otro a la huérfana...
—Para que no anden conspirando, carajo, y para que vean cómo me cobro las cosas… ¡y me callan cortésmente a esas damas sensibles que quiero escuchar al poeta!
La velada en el Teatro Nacional continuó pese a los camilleros que sacaron al cuerpo enorme del Ministro de la Guerra con la cara aplastada, goteando sangre entre las damas y caballeros en traje de noche que volteaban sus caras ante lo repulsivo del espectáculo. Los soldados de la Guardia Nacional se desplegaron para custodiar las salidas y sacaron a empellones a la hija y a la esposa del Ministro de la Guerra para cumplir la voluntad del padre de la patria.
            —Que nadie se mueva de sus butacas, porque es noche de poesía y este poeta me ha costado buenos pesos y lo he traído solo porque a mi hijo le gustan estas cosas y va a ser amigo de los artistas. Antes no escuché nada por el sueño y por el muerto. ¡A ver, poeta! ¡Venga de nuevo con esa cosita de flores de las que estaba hablando!

Y mientras el gran Jaimes Freyre empezaba de nuevo con sus versos vegetales, el pequeño Dionisio había recuperado la templanza y no dejaba de mirar a su padre Libertador del Universo que ahora sí le había tomado atención a los versos del poeta y lloraba a moco tendido. Bayard El Viejo era incapaz de contener sus emociones.
—Pobre rosita tierna, despelotada sobre el pantano ¡qué cruel que es el mundo! ¡Carajo! …la pobre rosita indefensa…

Segundos después en la calle se escucharon los dos disparos con los que ejecutaron a la esposa y a la hija del Ministro de la Guerra. El pequeño sintió un gélido escalofrío en la espalda y con rabia agarró a su padre por las solapas. Le miró a los ojos tan cerca que casi se topaban las narices y le dijo sin la menor expresión en la cara:

            —Papá. Antanas, Bayard y yo lo vamos a matar cuando seamos grandes.
            —Eso, mi hijo, para eso los estoy criando...

jueves, 27 de mayo de 2010

SABAYONESES (DONDE SE HABLA DE LOS DOS BAYARD DRAKE)

 El señorito Bayard, con ese inconfundible perfil Drake de cejas marcadas, mentón a lo Borbón y piernas fuertes de jinete, era el favorito de la nana india que crió a los tres chicos desde que eran niños de pecho. A diferencia de Daniel, que bebió leche agriada por el odio de la teta de su madre biológica hasta los 15 años; la leche de la nana india nutrió los músculos de los herederos y de alguna manera les dio un aire de humanidad rudimentaria que atenuó en algo la brutalidad tierna de la familia del coronel.
La nana india, envuelta en un rebozo negro pese a los calores de la Amazonia, se encargaba de que el niño Bayard siempre tuviera a mano sus camisas a cuadros, sus pantalones tejanos, sus sombreros de ala plegada tipo ejército australiano, sus tirantes y sus botas de montar. Bayard El Joven se despertaba a las once de la mañana, se vestía, bajaba las escaleras de piedra con esos pasos pesados de los Drake y después de llenar de besos a su nana india en la sala, salía de la casa rumbo a las cantinas del barrio proletario para apostar hasta la vida si era necesario.
Obviamente no apostaba por necesidad ni por vicio, simplemente esa era su forma de beber adrenalina y darle rienda suelta a los caprichos del cuerpo y del alma. De las cantinas salía alcoholizado, abrazado a la mujer de algún otro respetable bandolero sin importarle las pendencias que aquello invariablemente ocasionaba. Cuando ganaba demasiado, cuando no tenía con qué pagar o cuando no le caía bien a alguien, salía de las tabernas con el ojo morado, e incluso, muchas de esas peleas continuaban a lo largo de la calle en delante de todo el mundo para escándalo de las señoras que aún soñaban con verlo cambiado, decente... Los motivos de esa violencia eran irrelevantes, él quería acción.
A Bayard Drake, El Joven, todo hombre que no conociera el tamaño del poder de su familia —es decir, traficantes, mercenarios, marineros y vagabundos— quería romperle los huesos por su natural pedantería y su increíble encanto con las mujeres. Podía ser un caballero capaz de vencer en la lucha sobre el fango a un combatiente nubio, darse un baño y luego seguir siendo el mayor dandi con sonrisa de actor de cine nacido en estas regiones dominadas por el mosquito y la Colt Walker de Bayard Drake, El Viejo...

miércoles, 26 de mayo de 2010

SABAYONESES (EN DONDE SE HABLA DE UN CORAZÓN ROTO)


 Y llorando de impotencia como un chiquillo bajo esa lluvia de aguas negras, su corazón se volvió un manojo de porquería de vacas que ardía con las ascuas de la desesperación. Siempre había necesitado algo en qué creer, y ahora se negaba a rendirse a la evidencia de que se había enamorado de una ilusión. Una voz que no era la suya lanzó una carcajada tenebrosa dentro de su cabeza ante el tamaño de su derrota. El "otro" quería salir, pero a él aún le quedaban fuerzas para mantenerlo atrapado dentro de su propio cuerpo...

martes, 25 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO 6)

 Al séptimo día de su encierro Dionisio salió de su habitación totalmente rejuvenecido y con un viso de maldad en la mirada que antes nadie le había visto. El más tranquilo de los salvajes chicos Drake de repente recuperó el aplomo y nuevamente su sangre retomó el dominio de sus actos cuando por decreto nombró al retrato de Margarita de Anjou como su esposa oficial pese a las protestas de los miembros del Parlamento. Algunos consideraban aquello como un abierto acto de locura que un Presidente de Sabayón no se podía permitir. Otros creían que era una jugarreta más de ese muchacho, que como sus hermanos, jamás habían respetado absolutamente a nada ni a nadie. Había que hacer algo con Dionisio.
El primer ministro Casimiro Oliden guardó silencio ante la protestas del Congreso y secretamente apoyó a Dionisio en su decisión de tomar como primera dama a una mujer atrapada en una pintura. También se encargó de que nadie fuera con el chisme al viejo Bayard sobre las raras costumbres que había adoptado su heredero e hizo poner guardia armada en la puerta del coronel para que nadie se le acercase.
Como todo Drake, el Presidente llegó lo más lejos que pudo con sus extravagancias y aún quiso más. Cuando ya no fue suficiente dormir con la pintura y masturbarse mirándola, Dionisio comenzó a irse a dormir sin escolta entre los lodazales pestilentes del cementerio para tratar de soñarla en carne y huesos aunque sea por una vez. Después, eso tampoco fue suficiente y varias veces se escapó de su guardia personal por la noche para ir a romper ataúdes en el cementerio buscándola en la cara de cada muerto...

lunes, 24 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO-5)


En el retorno a casa nos reencontramos con las aguas familiares del mar de los Cuchillos, pero lo vimos totalmente diferente al que habíamos conocido cuando estas costas aún eran bolivianas, antes de que los invasores de las Cuatro Naciones se lo cargaran a baldazos sobre sus ferrocarriles y se lo llevaran lejos para siempre. Sus nuevos dueños lo dejaban fluir nomás cuando pagábamos el alquiler por usarlo. Sí, pagábamos, y entonces el hueco que nos habían dejado en la tierra al momento de llevarse el mar en sus vagones de ferrocarril se volvía a llenar con ese adorable azul. Azul, igual que el color de las tizas con las que los profesores de escuela de Sabayón nos envenenaban la cabeza exigiendo que las nuevas generaciones de sabayoneses y santarroseños recuperásemos lo que las pasadas habían perdido...

sábado, 22 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO 4)

Dionisio Drake había dejado de meterse en los problemas en los que se metían sus hermanos desde que se enamoró de una princesa que había visto retratada en el cuarto de un amigo pintor durante su primer viaje a París. No era un tipo interesante, ni siquiera inteligente, pero sí tenía un secreto. Al igual que Daniel, tenía su propio tipo de invisibilidad.
Alexa los veía crecer sin intervenir en sus vidas. Los veía como seres ajenos a ella, bichos que la habían usado para llegar a este mundo y luego hacer las cosas como si no hubiera nadie mejor que ellos sobre la faz de la Tierra. Vencida por las manías siempre violentas de los Drake, se aferraba cada vez más a la parsimonia reposada y casi femenina de Daniel. A esas alturas, el menos Drake de los muchachos ya pensaba en largarse de la casa, en renunciar a su apellido, a los honores y soñaba con volverse rico usando más la cabeza que los músculos. Antanas II se movía por la casa sin ser visto. Salía por la noche y llegaba de madrugada como si fuera una bestia nocturna que regresaba a su guarida después de haber estado de caza en el imperio de las tinieblas. Una madrugada volvió con el brazo sangrando y cuando abrió la ventana de la casa para entrar, después de pasar sin ser oído entre los perros y entre los guardias, se encontró con el Colt Walker de su padre apuntándole a la cara...

viernes, 21 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO 3)

     El coronel, que había renunciado al exterior para refugiarse en la casa donde habitaban las sombras de sus seres más queridos, no se había dado cuenta aún de que estaba perdiendo el dominio de su propio mundo. Él no lo sabía, pero la casa se llenaba de alimañas de esta vida y de la otra: afuera, Aqueronte y su búsqueda del control de las cosas a través de la ciencia, representando a esos vivos que lo fastidiaban tanto. Adentro, el fantasma que quería hablarle; el enano invisible vestido de negro que lo había seguido desde el cementerio y le resollaba la cara para despertarlo; la imagen de Belle que, ahora en la vejez de él, aparecía ya no para golpearlo sino para cerrarle la boca mientras dormía. Lo arropaba en las noches de frío y lo abrazaba para confortarlo cuando lloraba dormido, víctima de alguna pesadilla. Bayard se pasaba al otro lado.
Desde su vuelta del cementerio Bayard Drake veía a la casa cada vez más grande mientras él se empequeñecía; los escalones de piedra se hacían más altos, las vigas de los techos estaban cada vez más distantes, los puños de las puertas aumentaban de tamaño y de peso, la ropa le iba quedando grande y sus pies ya bailoteaban dentro de sus botas de oficial. Darse cuenta de aquello le pareció gracioso, pero pronto olvidó tal revelación inundado por la fatiga que aún le quedaba tras su marcha al cementerio la tarde anterior. De ahí había vuelto cojeando por culpa de su bota sin tacón, sin un caballo que lo cargue, todavía incapaz de rendirse ante la evidencia de la modernidad, reacio hasta los huesos a subirse a esos trastos bulliciosos de cuatro ruedas que se llamaban ridículamente taxis y que eran manejados por cualquier bandido enaltecido solo por las virtudes absurdas de la democracia...

jueves, 20 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO-2)


Pese a que su familia había sido numerosa, a estas alturas de su vida solo le quedaba un hijo del que nunca había querido hablar. Daniel Drake no había montado jamás a caballo, no había peleado nunca con nadie: ni por mujeres, ni por jugar a las cartas, ni por borracho buscapleitos, ni siquiera tan solo porque sí, como lo habían hecho todos los Drake antes que él. El carácter de Daniel nunca había explotado en ninguna situación, no se había batido a puñaladas con maridos ofendidos, ni había tomado con besos o amenazas virginidades de ninguna especie; ni le había mentido a una chica para aprovecharse de ella, ni se había robado nunca a una mujer ni casada ni soltera, ni se le conocían hijos bastardos. No había sido soldado, ni contrabandista, ni periodista mercenario, ni aviador suicida de naves de prueba, ni nada que lo señalara como un miembro de la familia. El mayor de los hijos del coronel era la vergüenza, era la duda. El chico había desperdiciado su vida.

            —Ese no tiene mi sangre, si hasta marica parece.

miércoles, 19 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO)



Entonces el coronel Drake sintió que el cuarto de baño se llenaba de un frío extraño para esa época del año; un frío neutro y profundo de cadáver que le miraba con los ojos abiertos. De pie en un rincón del cuarto de baño, el fantasma intentaba hacerse ver con el viejo Bayard. Lo había intentado desde aquella noche en que el veterano soldado quedó por fin solo en las entrañas oscuras del caserón familiar construido por su padre con las piedras blancas que cayeron sobre Sabayón la primera noche en que nos llovieron estrellas. La casa, el corazón que mantenía vivo a Bayard era la casa.


El coronel no había nacido aún cuando la construyeron. Entonces, Sabayón era apenas una idea rabiosa en la cabeza de su padre Antanas. El primero de los Drake había desembarcado en estas tierras en plena fuga por amor con la única mujer que adoró con las entrañas. Pero al llegar a las orillas del río Maratay, donde finalmente fundó el pueblo, ella lo traicionó con…
Bajo amenaza de pena capital, nadie nunca en Sabayón pudo decir en público el nombre ni el origen de qué o de quién la sedujo, pero todos siempre lo supimos. En su lecho de muerte; ella, proscrita y deshonrada por la ira de Antanas, maldijo a los Drake augurándoles, a los del presente y a los del porvenir, sólo muertes violentas. Nadie pudo entrever entonces los efectos que esa maldición tendría sobre la descendencia del primero de los Drake. Nadie, sólo él.
La construcción de la casa sobre el lugar donde se consumó la infidelidad de Belle Almanegra fue el acto final con el que Antanas pretendió olvidarla para siempre. La casa aplastaría a la traición bajo el peso de sus cimientos. Con el paso de los años, el pueblo que levantó con sus manos por pura rabia, también se fusionó con el destino de su familia. Antanas estaba seguro de que los Drake nunca desaparecerían del planeta mientras exista Sabayón; su sangre seguiría mandando entre los vivos y los muertos de esta patria hijadeputa mientras la casa siga en pie, mientras Belle Almanegra siga enterrada boca abajo en lo más profundo de sus cimientos.

martes, 4 de mayo de 2010

SABAYONESES: ESCRITO DE CONTRATAPA, POR WOLFANGO MONTES...



Perspicaz periodista y novelista de opulenta imaginación, Darwin Pinto nos trae en su segunda obra de ficción la saga de la familia Drake. No es una novela para mojigatos y sensibleros. Para recorrer sus páginas debemos soportar el espectáculo de la violencia, del machismo sin frenos, del sexo energúmeno. Pero su lectura no es gratuita, nos lleva a las entrañas del poder y del comportamiento de los poderosos. El personaje central es el coronel Drake, un hombre de apetitos colosales y de voluntad titánica. Alcides Arguedas lo describiría como un caudillo bárbaro. En conversaciones con un fantasma recuerda la historia de su vida, que es la crónica de su nación, que es la leyenda de tantos caudillos barbaros que dominaron nuestra patria. Llega a las librerías en un momento en que necesitamos reflexionar sobre nuestro pasado, sobre todo porque se imbrica en el presente y se adhiere a nuestra piel como una sarna, de la que no podemos librarnos. La violencia, la concupiscencia, el alarde y la locura se repiten en Sabayoneses como si se tratara de un Eterno Retorno de la insensatez universal. Nos prende la respiración con su tonalidad airada, y cuando la historia parece haberse acabado, aparece el último vástago de la familia Drake, gordo y diferente de sus hermanos; no nos engañemos, entramos ya en la era capitalista, los caudillos bárbaros ahora se disfrazan de ciudadanos comunes.

Wolfango Montes

jueves, 18 de marzo de 2010

SABAYONESES-PRÓLOGO/ROBERTO NAVIA


Un caserón martirizado por el poder de sus ocupantes y los gemidos de un fantasma que se muere por decir su verdad, suben el telón de una novela que vuela y se posa por las calles de un país gobernado por personajes de la vida real. Esta vez, Darwin Pinto Cascán, con esos sus dedos de cronista universal, narra un remolino de historias que dan rienda suelta a las locuras patentadas por la dinastía de los Drake en un pueblo en el que por más que el lector se niegue, se topará con seres inmortales que hacen de Bolivia un país literario.
A Sabayoneses la he leído en varios ambientes. Lo hice sentado frente a una computadora, metido en una habitación atacada por mosquitos y por cuyas rendijas de sus puertas ingresaba toda la bullaranga de vecinos amantes del jolgorio. A pesar de ello, las bribonadas encabezadas por el viejo coronel Bayard me tapaban los oídos y me mentían a lo Benigni que la vida es bella y que vale la pena leerla. Después del punto final vino una nostalgia primaveral y supe que Pinto Cascán había expulsado de las profundidades de su carne una obra superior a los best seller que se estrenan y se venden como pan caliente en las librerías del viejo mundo. Lo digo por que los sigo, los leo.
Es por eso que decidí volver a leer su obra, pero esta vez intenté hacerlo por las costuras, para descifrar los enigmas con los que, quizá él no lo sabe, logra convertirse en un mago que va sacando de sus páginas ferrocarriles que son capaces de transportar en sus vagones al mar azul que perdimos en los campos de batalla, o un barco que avanza como un animal cansado cargando en una caja de madera un río con sus riberas, con sus delfines y sus caimanes, con sus culebras y sus pescadores; regalos estos con los que Dionisio Drake, (otro de los personajes) intentará ganarse el amor de Margarita de Anjou, su francesita que descansa en el reino de los muertos desde hace 200 años. También leí a Sabayoneses en papel, mientras iba en una camioneta por el asfalto de una carretera sin curvas, armado con mi libreta y grabadora de cazador de noticias. Ahí vino otra señal. El fotógrafo Clovis de la Jaille, que en sus tiempos de juventud había leído a los autores del Boom Latinoamericano; a los clásicos rusos, a los poetas malditos, a los de la generación perdida, a Erich Von Däniken y a Julio Verne, después de comerse una docena de páginas, dijo desde el asiento trasero del motorizado, con esa su sinceridad de hombre honrado:

- Mierda, esto está bueno. Parece que lo escribió un autor del extranjero.

A Clovis le conté que Sabayoneses era sólo un gajo de una novela que Darwin Pinto Cascán tiene guardada en los sótanos de su animal literario. Le dije que es sólo el fragmento de una obra que viene trabajando desde hace doce años, cuando empezaba a calentar sus manos con las que también se ganaba la vida en alguna guerra de baja de intensidad, adonde acudía con sus credenciales de periodista que no soporta reportear las historias desde el purgatorio de un escritorio.
Pinto Cascán, el cronista aquel que se atrevió a poner palabritas y palabrotas en sus reportajes cuando en las salas de redacciones todavía armaban quilombo si alguien intentaba desmitificar a las fuentes oficiales; bendecido con el sentido del humor y también golpeado por su explosión hormonal que pone a prueba a su tribu de amistades, materializa esta novela que es, por extensión, un libro que narra poéticamente todas las bestialidades, travesuras y autodestrucciones que se consumaron en las alcobas del poder y que ahora saltan a la luz, bajo el  riesgo de encender el pudor de quienes tengan el gusto de leerlo.

Roberto Navia Gabriel

Santa Cruz, 18 de marzo de 2010