viernes, 28 de mayo de 2010

SABAYONESES (DONDE SE HABLA DE CÓMO ACABAR CON TRAIDORES)


   Una tarde su padre lo encontró solitario en los corredores desiertos de la casa. Lo halló vestido de marinerito, alimentando a los quetzales que eran otro de los consuelos extravagantes a los que echaba mano Alexa en sus horas de soledad. El coronel lo fulminó con la mirada feroz de sus antepasados y en una explosión de ira lo arrastró a la calle dispuesto a darle su primera lección de gobernante diciéndole a gritos:
            —En vez de alimentar pajaritos, yo te voy a enseñar a matar traidores.
Y el niño destinado a sucederlo en el poder —porque Antanas II no se iba a domesticar jamás y porque el pequeño Bayard era un caso perdido— con más miedo que voluntad contestó:
            —Bueno, papá Bayard.

Y sin decir más subieron a la carroza presidencial que los llevó al Teatro Nacional donde el gran poeta Ricardo Jaimes Freyre declamaba, arrasado por la pasión, sus versos de fuego:
            —Y la rosa temblorosa se desprendió del tallo...
Y a los quince minutos de estar en la función, su padre Bayard con uniforme de Libertador del Mundo ya dormitaba boquiabierto y babeante con las manos entrelazadas sobre el regazo.
            —Y la arrastró la brisa sobre las aguas turbias del pantano...

Declamaba el gran poeta boliviano y el niño miraba nervioso al Ministro de la Guerra que sonreía inocente, afilándose la punta del mostacho polaco, sentado en la butaca del centro, entre su esposa y su hija Odorica.
            —Margarita de Anjou —susurró el pequeño Dionisio sin saber por qué.
            —Y una onda fugitiva le abrió su seno amargo…
Y el padre dictador movía un extremo del bigote roncando a pierna suelta y el teatro entero simulaba que no pasaba nada. Después, esa pesada calma desaparecía con los aplausos de algarabía al gran Freyre.
            —Y estrechando a la rosa temblorosa la deshizo en sus brazos...
El dictador se despierta, se despereza, da una señal con la mano y un tiro sale desde alguna parte del teatro espantando a los pájaros enjaulados en las esquinas del escenario. Se arma un bullicio de damas histéricas apenas controladas por sus maridos aristócratas que dicen:
            —Calma, calma, algo debió hacer ese para merecer este fin.
Lo dicen de dientes para afuera procurando que los espías del Estado infiltrados en la multitud no detecten ningún comentario contrario a la patria, para no ser detenidos mañana y enviados a los campos de concentración de donde no vuelve nadie porque con los Drake no se juega carajo.

El balazo de Ernesto Santos le revienta la cara a ese pendejo traidor y «vendepatria» del Ministro de la Guerra que había pactado raros acuerdos lesivos a la nación a favor de esos tipos del Paraguay...

            —Y… y… y… —Jaimes Freyre aterrado, no supo qué hacer y alguien le dijo desde un lado del escenario, haciendo gestos afectados, que mejor acabe el poema de una puta vez.
            —…y flotaron sus pétalos como miembros mutilados y confundidos con el lodo negro, negras aún más que el lodo se tornaron…

—Con la novedad mi coronel de que el Ministro de Guerra ha sido declarado legalmente muerto por el doctor Lacómano Roldán.
El estafeta le extendió a Bayard el certificado de defunción aún oloroso a tinta fresca firmado por puño y letra del médico. Entonces el coronel orgulloso observó al pequeño Dionisio que no dejaba de mirar a la niña que lloraba sobre el vientre de su padre muerto:

—Margarita de Anjou.

Y Bayard todopoderoso le dijo:
            —Así es como se gobierna; teniendo prueba escrita de que tu voluntad está hecha. Por este íbamos a perder la guerra contra el Paraguay. Ahora ellos tienen un soplón menos y nosotros ya sabemos que nos espían y alborotan a los peones y fabriles de acá para desestabilizarnos. Hemos parado ese lío por unos cuantos años.

Luego el coronel se volteó hacia su estafeta y le ordenó que le metan un tiro a la viuda y otro a la huérfana...
—Para que no anden conspirando, carajo, y para que vean cómo me cobro las cosas… ¡y me callan cortésmente a esas damas sensibles que quiero escuchar al poeta!
La velada en el Teatro Nacional continuó pese a los camilleros que sacaron al cuerpo enorme del Ministro de la Guerra con la cara aplastada, goteando sangre entre las damas y caballeros en traje de noche que volteaban sus caras ante lo repulsivo del espectáculo. Los soldados de la Guardia Nacional se desplegaron para custodiar las salidas y sacaron a empellones a la hija y a la esposa del Ministro de la Guerra para cumplir la voluntad del padre de la patria.
            —Que nadie se mueva de sus butacas, porque es noche de poesía y este poeta me ha costado buenos pesos y lo he traído solo porque a mi hijo le gustan estas cosas y va a ser amigo de los artistas. Antes no escuché nada por el sueño y por el muerto. ¡A ver, poeta! ¡Venga de nuevo con esa cosita de flores de las que estaba hablando!

Y mientras el gran Jaimes Freyre empezaba de nuevo con sus versos vegetales, el pequeño Dionisio había recuperado la templanza y no dejaba de mirar a su padre Libertador del Universo que ahora sí le había tomado atención a los versos del poeta y lloraba a moco tendido. Bayard El Viejo era incapaz de contener sus emociones.
—Pobre rosita tierna, despelotada sobre el pantano ¡qué cruel que es el mundo! ¡Carajo! …la pobre rosita indefensa…

Segundos después en la calle se escucharon los dos disparos con los que ejecutaron a la esposa y a la hija del Ministro de la Guerra. El pequeño sintió un gélido escalofrío en la espalda y con rabia agarró a su padre por las solapas. Le miró a los ojos tan cerca que casi se topaban las narices y le dijo sin la menor expresión en la cara:

            —Papá. Antanas, Bayard y yo lo vamos a matar cuando seamos grandes.
            —Eso, mi hijo, para eso los estoy criando...

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