El coronel, que había renunciado al exterior para refugiarse en la casa donde habitaban las sombras de sus seres más queridos, no se había dado cuenta aún de que estaba perdiendo el dominio de su propio mundo. Él no lo sabía, pero la casa se llenaba de alimañas de esta vida y de la otra: afuera, Aqueronte y su búsqueda del control de las cosas a través de la ciencia, representando a esos vivos que lo fastidiaban tanto. Adentro, el fantasma que quería hablarle; el enano invisible vestido de negro que lo había seguido desde el cementerio y le resollaba la cara para despertarlo; la imagen de Belle que, ahora en la vejez de él, aparecía ya no para golpearlo sino para cerrarle la boca mientras dormía. Lo arropaba en las noches de frío y lo abrazaba para confortarlo cuando lloraba dormido, víctima de alguna pesadilla. Bayard se pasaba al otro lado.
Desde su vuelta del cementerio Bayard Drake veía a la casa cada vez más grande mientras él se empequeñecía; los escalones de piedra se hacían más altos, las vigas de los techos estaban cada vez más distantes, los puños de las puertas aumentaban de tamaño y de peso, la ropa le iba quedando grande y sus pies ya bailoteaban dentro de sus botas de oficial. Darse cuenta de aquello le pareció gracioso, pero pronto olvidó tal revelación inundado por la fatiga que aún le quedaba tras su marcha al cementerio la tarde anterior. De ahí había vuelto cojeando por culpa de su bota sin tacón, sin un caballo que lo cargue, todavía incapaz de rendirse ante la evidencia de la modernidad, reacio hasta los huesos a subirse a esos trastos bulliciosos de cuatro ruedas que se llamaban ridículamente taxis y que eran manejados por cualquier bandido enaltecido solo por las virtudes absurdas de la democracia...
El día en que hablé con el Camba Florencio
Hace 15 años

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