jueves, 27 de mayo de 2010

SABAYONESES (DONDE SE HABLA DE LOS DOS BAYARD DRAKE)

 El señorito Bayard, con ese inconfundible perfil Drake de cejas marcadas, mentón a lo Borbón y piernas fuertes de jinete, era el favorito de la nana india que crió a los tres chicos desde que eran niños de pecho. A diferencia de Daniel, que bebió leche agriada por el odio de la teta de su madre biológica hasta los 15 años; la leche de la nana india nutrió los músculos de los herederos y de alguna manera les dio un aire de humanidad rudimentaria que atenuó en algo la brutalidad tierna de la familia del coronel.
La nana india, envuelta en un rebozo negro pese a los calores de la Amazonia, se encargaba de que el niño Bayard siempre tuviera a mano sus camisas a cuadros, sus pantalones tejanos, sus sombreros de ala plegada tipo ejército australiano, sus tirantes y sus botas de montar. Bayard El Joven se despertaba a las once de la mañana, se vestía, bajaba las escaleras de piedra con esos pasos pesados de los Drake y después de llenar de besos a su nana india en la sala, salía de la casa rumbo a las cantinas del barrio proletario para apostar hasta la vida si era necesario.
Obviamente no apostaba por necesidad ni por vicio, simplemente esa era su forma de beber adrenalina y darle rienda suelta a los caprichos del cuerpo y del alma. De las cantinas salía alcoholizado, abrazado a la mujer de algún otro respetable bandolero sin importarle las pendencias que aquello invariablemente ocasionaba. Cuando ganaba demasiado, cuando no tenía con qué pagar o cuando no le caía bien a alguien, salía de las tabernas con el ojo morado, e incluso, muchas de esas peleas continuaban a lo largo de la calle en delante de todo el mundo para escándalo de las señoras que aún soñaban con verlo cambiado, decente... Los motivos de esa violencia eran irrelevantes, él quería acción.
A Bayard Drake, El Joven, todo hombre que no conociera el tamaño del poder de su familia —es decir, traficantes, mercenarios, marineros y vagabundos— quería romperle los huesos por su natural pedantería y su increíble encanto con las mujeres. Podía ser un caballero capaz de vencer en la lucha sobre el fango a un combatiente nubio, darse un baño y luego seguir siendo el mayor dandi con sonrisa de actor de cine nacido en estas regiones dominadas por el mosquito y la Colt Walker de Bayard Drake, El Viejo...

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