sábado, 22 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO 4)

Dionisio Drake había dejado de meterse en los problemas en los que se metían sus hermanos desde que se enamoró de una princesa que había visto retratada en el cuarto de un amigo pintor durante su primer viaje a París. No era un tipo interesante, ni siquiera inteligente, pero sí tenía un secreto. Al igual que Daniel, tenía su propio tipo de invisibilidad.
Alexa los veía crecer sin intervenir en sus vidas. Los veía como seres ajenos a ella, bichos que la habían usado para llegar a este mundo y luego hacer las cosas como si no hubiera nadie mejor que ellos sobre la faz de la Tierra. Vencida por las manías siempre violentas de los Drake, se aferraba cada vez más a la parsimonia reposada y casi femenina de Daniel. A esas alturas, el menos Drake de los muchachos ya pensaba en largarse de la casa, en renunciar a su apellido, a los honores y soñaba con volverse rico usando más la cabeza que los músculos. Antanas II se movía por la casa sin ser visto. Salía por la noche y llegaba de madrugada como si fuera una bestia nocturna que regresaba a su guarida después de haber estado de caza en el imperio de las tinieblas. Una madrugada volvió con el brazo sangrando y cuando abrió la ventana de la casa para entrar, después de pasar sin ser oído entre los perros y entre los guardias, se encontró con el Colt Walker de su padre apuntándole a la cara...

viernes, 21 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO 3)

     El coronel, que había renunciado al exterior para refugiarse en la casa donde habitaban las sombras de sus seres más queridos, no se había dado cuenta aún de que estaba perdiendo el dominio de su propio mundo. Él no lo sabía, pero la casa se llenaba de alimañas de esta vida y de la otra: afuera, Aqueronte y su búsqueda del control de las cosas a través de la ciencia, representando a esos vivos que lo fastidiaban tanto. Adentro, el fantasma que quería hablarle; el enano invisible vestido de negro que lo había seguido desde el cementerio y le resollaba la cara para despertarlo; la imagen de Belle que, ahora en la vejez de él, aparecía ya no para golpearlo sino para cerrarle la boca mientras dormía. Lo arropaba en las noches de frío y lo abrazaba para confortarlo cuando lloraba dormido, víctima de alguna pesadilla. Bayard se pasaba al otro lado.
Desde su vuelta del cementerio Bayard Drake veía a la casa cada vez más grande mientras él se empequeñecía; los escalones de piedra se hacían más altos, las vigas de los techos estaban cada vez más distantes, los puños de las puertas aumentaban de tamaño y de peso, la ropa le iba quedando grande y sus pies ya bailoteaban dentro de sus botas de oficial. Darse cuenta de aquello le pareció gracioso, pero pronto olvidó tal revelación inundado por la fatiga que aún le quedaba tras su marcha al cementerio la tarde anterior. De ahí había vuelto cojeando por culpa de su bota sin tacón, sin un caballo que lo cargue, todavía incapaz de rendirse ante la evidencia de la modernidad, reacio hasta los huesos a subirse a esos trastos bulliciosos de cuatro ruedas que se llamaban ridículamente taxis y que eran manejados por cualquier bandido enaltecido solo por las virtudes absurdas de la democracia...

jueves, 20 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO-2)


Pese a que su familia había sido numerosa, a estas alturas de su vida solo le quedaba un hijo del que nunca había querido hablar. Daniel Drake no había montado jamás a caballo, no había peleado nunca con nadie: ni por mujeres, ni por jugar a las cartas, ni por borracho buscapleitos, ni siquiera tan solo porque sí, como lo habían hecho todos los Drake antes que él. El carácter de Daniel nunca había explotado en ninguna situación, no se había batido a puñaladas con maridos ofendidos, ni había tomado con besos o amenazas virginidades de ninguna especie; ni le había mentido a una chica para aprovecharse de ella, ni se había robado nunca a una mujer ni casada ni soltera, ni se le conocían hijos bastardos. No había sido soldado, ni contrabandista, ni periodista mercenario, ni aviador suicida de naves de prueba, ni nada que lo señalara como un miembro de la familia. El mayor de los hijos del coronel era la vergüenza, era la duda. El chico había desperdiciado su vida.

            —Ese no tiene mi sangre, si hasta marica parece.

miércoles, 19 de mayo de 2010

SABAYONESES (FRAGMENTO)



Entonces el coronel Drake sintió que el cuarto de baño se llenaba de un frío extraño para esa época del año; un frío neutro y profundo de cadáver que le miraba con los ojos abiertos. De pie en un rincón del cuarto de baño, el fantasma intentaba hacerse ver con el viejo Bayard. Lo había intentado desde aquella noche en que el veterano soldado quedó por fin solo en las entrañas oscuras del caserón familiar construido por su padre con las piedras blancas que cayeron sobre Sabayón la primera noche en que nos llovieron estrellas. La casa, el corazón que mantenía vivo a Bayard era la casa.


El coronel no había nacido aún cuando la construyeron. Entonces, Sabayón era apenas una idea rabiosa en la cabeza de su padre Antanas. El primero de los Drake había desembarcado en estas tierras en plena fuga por amor con la única mujer que adoró con las entrañas. Pero al llegar a las orillas del río Maratay, donde finalmente fundó el pueblo, ella lo traicionó con…
Bajo amenaza de pena capital, nadie nunca en Sabayón pudo decir en público el nombre ni el origen de qué o de quién la sedujo, pero todos siempre lo supimos. En su lecho de muerte; ella, proscrita y deshonrada por la ira de Antanas, maldijo a los Drake augurándoles, a los del presente y a los del porvenir, sólo muertes violentas. Nadie pudo entrever entonces los efectos que esa maldición tendría sobre la descendencia del primero de los Drake. Nadie, sólo él.
La construcción de la casa sobre el lugar donde se consumó la infidelidad de Belle Almanegra fue el acto final con el que Antanas pretendió olvidarla para siempre. La casa aplastaría a la traición bajo el peso de sus cimientos. Con el paso de los años, el pueblo que levantó con sus manos por pura rabia, también se fusionó con el destino de su familia. Antanas estaba seguro de que los Drake nunca desaparecerían del planeta mientras exista Sabayón; su sangre seguiría mandando entre los vivos y los muertos de esta patria hijadeputa mientras la casa siga en pie, mientras Belle Almanegra siga enterrada boca abajo en lo más profundo de sus cimientos.

martes, 4 de mayo de 2010

SABAYONESES: ESCRITO DE CONTRATAPA, POR WOLFANGO MONTES...



Perspicaz periodista y novelista de opulenta imaginación, Darwin Pinto nos trae en su segunda obra de ficción la saga de la familia Drake. No es una novela para mojigatos y sensibleros. Para recorrer sus páginas debemos soportar el espectáculo de la violencia, del machismo sin frenos, del sexo energúmeno. Pero su lectura no es gratuita, nos lleva a las entrañas del poder y del comportamiento de los poderosos. El personaje central es el coronel Drake, un hombre de apetitos colosales y de voluntad titánica. Alcides Arguedas lo describiría como un caudillo bárbaro. En conversaciones con un fantasma recuerda la historia de su vida, que es la crónica de su nación, que es la leyenda de tantos caudillos barbaros que dominaron nuestra patria. Llega a las librerías en un momento en que necesitamos reflexionar sobre nuestro pasado, sobre todo porque se imbrica en el presente y se adhiere a nuestra piel como una sarna, de la que no podemos librarnos. La violencia, la concupiscencia, el alarde y la locura se repiten en Sabayoneses como si se tratara de un Eterno Retorno de la insensatez universal. Nos prende la respiración con su tonalidad airada, y cuando la historia parece haberse acabado, aparece el último vástago de la familia Drake, gordo y diferente de sus hermanos; no nos engañemos, entramos ya en la era capitalista, los caudillos bárbaros ahora se disfrazan de ciudadanos comunes.

Wolfango Montes

jueves, 18 de marzo de 2010

SABAYONESES-PRÓLOGO/ROBERTO NAVIA


Un caserón martirizado por el poder de sus ocupantes y los gemidos de un fantasma que se muere por decir su verdad, suben el telón de una novela que vuela y se posa por las calles de un país gobernado por personajes de la vida real. Esta vez, Darwin Pinto Cascán, con esos sus dedos de cronista universal, narra un remolino de historias que dan rienda suelta a las locuras patentadas por la dinastía de los Drake en un pueblo en el que por más que el lector se niegue, se topará con seres inmortales que hacen de Bolivia un país literario.
A Sabayoneses la he leído en varios ambientes. Lo hice sentado frente a una computadora, metido en una habitación atacada por mosquitos y por cuyas rendijas de sus puertas ingresaba toda la bullaranga de vecinos amantes del jolgorio. A pesar de ello, las bribonadas encabezadas por el viejo coronel Bayard me tapaban los oídos y me mentían a lo Benigni que la vida es bella y que vale la pena leerla. Después del punto final vino una nostalgia primaveral y supe que Pinto Cascán había expulsado de las profundidades de su carne una obra superior a los best seller que se estrenan y se venden como pan caliente en las librerías del viejo mundo. Lo digo por que los sigo, los leo.
Es por eso que decidí volver a leer su obra, pero esta vez intenté hacerlo por las costuras, para descifrar los enigmas con los que, quizá él no lo sabe, logra convertirse en un mago que va sacando de sus páginas ferrocarriles que son capaces de transportar en sus vagones al mar azul que perdimos en los campos de batalla, o un barco que avanza como un animal cansado cargando en una caja de madera un río con sus riberas, con sus delfines y sus caimanes, con sus culebras y sus pescadores; regalos estos con los que Dionisio Drake, (otro de los personajes) intentará ganarse el amor de Margarita de Anjou, su francesita que descansa en el reino de los muertos desde hace 200 años. También leí a Sabayoneses en papel, mientras iba en una camioneta por el asfalto de una carretera sin curvas, armado con mi libreta y grabadora de cazador de noticias. Ahí vino otra señal. El fotógrafo Clovis de la Jaille, que en sus tiempos de juventud había leído a los autores del Boom Latinoamericano; a los clásicos rusos, a los poetas malditos, a los de la generación perdida, a Erich Von Däniken y a Julio Verne, después de comerse una docena de páginas, dijo desde el asiento trasero del motorizado, con esa su sinceridad de hombre honrado:

- Mierda, esto está bueno. Parece que lo escribió un autor del extranjero.

A Clovis le conté que Sabayoneses era sólo un gajo de una novela que Darwin Pinto Cascán tiene guardada en los sótanos de su animal literario. Le dije que es sólo el fragmento de una obra que viene trabajando desde hace doce años, cuando empezaba a calentar sus manos con las que también se ganaba la vida en alguna guerra de baja de intensidad, adonde acudía con sus credenciales de periodista que no soporta reportear las historias desde el purgatorio de un escritorio.
Pinto Cascán, el cronista aquel que se atrevió a poner palabritas y palabrotas en sus reportajes cuando en las salas de redacciones todavía armaban quilombo si alguien intentaba desmitificar a las fuentes oficiales; bendecido con el sentido del humor y también golpeado por su explosión hormonal que pone a prueba a su tribu de amistades, materializa esta novela que es, por extensión, un libro que narra poéticamente todas las bestialidades, travesuras y autodestrucciones que se consumaron en las alcobas del poder y que ahora saltan a la luz, bajo el  riesgo de encender el pudor de quienes tengan el gusto de leerlo.

Roberto Navia Gabriel

Santa Cruz, 18 de marzo de 2010




lunes, 1 de marzo de 2010

EL V IERNES ANTES DEL APOCALIPSIS


Medio en chiste y medio en serio, le dije a mi esposa que tras que se pudiera nos iríamos a vivir a Chile. Fue el viernes antes del apocalipsis, mientras ella miraba el festival de Viña. Fue horas antes de los 8,8 grados de ira terrestre, antes del tsunami con mañas de gato que destrozó esos pueblitos de pescadores que la a distancia parecían pinturas campestres y que aún llevo en el corazón. No sé ni por qué se lo dije, tal vez fue un deseo que quise compartir con ella y que llevo guardado en el cuerpo desde que Chile dejó de ser el “coco” que me habían enseñado en la escuela; desde que se convirtió en la patria de los araucanos invencibles, en la tierra de los Parra, de Jara, de Littin, en la nación de Condorito, la de Los Prisioneros cantando “Tren al Sur” y la del pisco souer sabor mango.

Chile dejó de ser “el coco” que me habían enseñado en la escuela, cuando atravesé la cordillera de Los Andes como periodista de El Deber para cubrir la posesión presidencial de Michelle Bachelet el 11 de marzo de 2006 en Valparaíso. Y luego volví a transitar las ámplias alamedas de Allende tras atravesar el desierto de Atacama en abril de 2007 para presentar la biografía no autorizada de Evo Morales, “Un tal Evo” en la Universidad Diego Portales de Santiago. Después de eso, Chile y sus paisajes (la cordillera blanca y sus valles de riachuelos y pinos, la costa añorada y el desierto cargado de pueblos mineros fantasmas y remolinos de tierra marrón), después de eso, decía, Chile y sus paisajes se hicieron míos para siempre.

Fueron mías para siempre las conversaciones con los abuelos socialistas de la novia de Miguel en su departamento de la santiaguina comuna de Ñuñoa; los paseos por las playas de Algarrobo (la banderita boliviana que enterré en la arena), la visita a la casa de Neruda en Isla Negra; la comida en el mercado de marineros de Valparaíso; las calles de Viña, el frío mortal de Santiago, el estremecimiento frente al palacio de la Moneda al recordar las imágenes de los bombardeos pinochetistas de 1973. Fue mía Santiago y sus semáforos respetables y su subterráneo de primer mundo inmaculado y limpio como una cama recién tendida. Mía fue la melancolía de una Antofagasta con sus alcatraces descarados y su costanera serena, habitada por poetas sin techo y espectros de una batalla en 1879. Mías también fueron las charlas de plazuela con aventureros de todo Chile que llegaban a Calama para dormir en albergues de menesterosos y luego, de día, se dejaban tragar por la mina de cobre soñando con traer con ellos una esposa que ya no los esperaba en ninguna parte.

La primera vez allá, me hospedé en un alojamiento de quinta donde llegaban peruanos de contrabando para trabajar de lo que sea...y la segunda me quedé con unos amigos que habían sido perseguidos por Pinochet; los abuelos socialistas de la novia de Miguel. De ellos no sé nada después del terremoto. Cuando pienso en la nona, ta vivaz y siempre en contraste con el sabio reposo de su marido, me dá sed de pisco souer (siempre lo sacaba para invitarle a la visita, o sea, yo). Me vuelven a los sentidos el olor a madera de la cabaña en Algarrobo con su oportuna chimenea. Escucho de nuevo el crugido nocturno y vegetal de esa casa que nos arrullaba en las noches del invierno con el sonido del mar a nuestras espaldas, entonces un mar amistoso. No sé si esa cabaña tan cerca del océano aún existe, ni si la casa de Neruda en Isla Negra aún sigue en pie. No sé por qué le dije a mi esposa que una de esas, nos íbamos a vivir a Chile. El viernes antes del apocalipsis no me dijo nada. Pero el domingo, el domingo me dijo que sí.