lunes, 1 de marzo de 2010

EL V IERNES ANTES DEL APOCALIPSIS


Medio en chiste y medio en serio, le dije a mi esposa que tras que se pudiera nos iríamos a vivir a Chile. Fue el viernes antes del apocalipsis, mientras ella miraba el festival de Viña. Fue horas antes de los 8,8 grados de ira terrestre, antes del tsunami con mañas de gato que destrozó esos pueblitos de pescadores que la a distancia parecían pinturas campestres y que aún llevo en el corazón. No sé ni por qué se lo dije, tal vez fue un deseo que quise compartir con ella y que llevo guardado en el cuerpo desde que Chile dejó de ser el “coco” que me habían enseñado en la escuela; desde que se convirtió en la patria de los araucanos invencibles, en la tierra de los Parra, de Jara, de Littin, en la nación de Condorito, la de Los Prisioneros cantando “Tren al Sur” y la del pisco souer sabor mango.

Chile dejó de ser “el coco” que me habían enseñado en la escuela, cuando atravesé la cordillera de Los Andes como periodista de El Deber para cubrir la posesión presidencial de Michelle Bachelet el 11 de marzo de 2006 en Valparaíso. Y luego volví a transitar las ámplias alamedas de Allende tras atravesar el desierto de Atacama en abril de 2007 para presentar la biografía no autorizada de Evo Morales, “Un tal Evo” en la Universidad Diego Portales de Santiago. Después de eso, Chile y sus paisajes (la cordillera blanca y sus valles de riachuelos y pinos, la costa añorada y el desierto cargado de pueblos mineros fantasmas y remolinos de tierra marrón), después de eso, decía, Chile y sus paisajes se hicieron míos para siempre.

Fueron mías para siempre las conversaciones con los abuelos socialistas de la novia de Miguel en su departamento de la santiaguina comuna de Ñuñoa; los paseos por las playas de Algarrobo (la banderita boliviana que enterré en la arena), la visita a la casa de Neruda en Isla Negra; la comida en el mercado de marineros de Valparaíso; las calles de Viña, el frío mortal de Santiago, el estremecimiento frente al palacio de la Moneda al recordar las imágenes de los bombardeos pinochetistas de 1973. Fue mía Santiago y sus semáforos respetables y su subterráneo de primer mundo inmaculado y limpio como una cama recién tendida. Mía fue la melancolía de una Antofagasta con sus alcatraces descarados y su costanera serena, habitada por poetas sin techo y espectros de una batalla en 1879. Mías también fueron las charlas de plazuela con aventureros de todo Chile que llegaban a Calama para dormir en albergues de menesterosos y luego, de día, se dejaban tragar por la mina de cobre soñando con traer con ellos una esposa que ya no los esperaba en ninguna parte.

La primera vez allá, me hospedé en un alojamiento de quinta donde llegaban peruanos de contrabando para trabajar de lo que sea...y la segunda me quedé con unos amigos que habían sido perseguidos por Pinochet; los abuelos socialistas de la novia de Miguel. De ellos no sé nada después del terremoto. Cuando pienso en la nona, ta vivaz y siempre en contraste con el sabio reposo de su marido, me dá sed de pisco souer (siempre lo sacaba para invitarle a la visita, o sea, yo). Me vuelven a los sentidos el olor a madera de la cabaña en Algarrobo con su oportuna chimenea. Escucho de nuevo el crugido nocturno y vegetal de esa casa que nos arrullaba en las noches del invierno con el sonido del mar a nuestras espaldas, entonces un mar amistoso. No sé si esa cabaña tan cerca del océano aún existe, ni si la casa de Neruda en Isla Negra aún sigue en pie. No sé por qué le dije a mi esposa que una de esas, nos íbamos a vivir a Chile. El viernes antes del apocalipsis no me dijo nada. Pero el domingo, el domingo me dijo que sí.

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